Como todas sabéis, doy clase en un instituto público; por si alguien aún lo dudaba, soy atea hasta la médula, anticlerical y en contra de la asignatura de religión en la escuela pública. Y además, estoy totalmente en contra de que se dé dinero público a los chiringuitos de la enseñanza que se montó la iglesia hace ya muchos años (no a la enseñanza concertada).
Bien, pues con todos estos antecedentes, he de decir que al conocer a la profe de religión de mi instituto ni siquiera me acerqué a ella, la saludaba como a todo el mundo, pero no me atraía en absoluto conversar con ella. La prejuzgué basándome en mi rechazo a su asignatura.
Pues hete aquí, que se me acerca ayer para comentarme que le pareció muy bien mi intervención en el claustro sobre la educación en igualdad, que ella es teóloga feminista, que antes el feminismo que la religión, que tiene escrito el capítulo de un libro sobre las beguinas y que les gustaría que lo leyera yo para comentarlo después, que ella lleva muchos años luchando por la igualdad dentro de la iglesia católica, que está en contacto con la asociación de Católicas por el Derecho a Decidir y que admira mi valor para hablar en público sabiendo el rechazo que iba a desencadenar.
Olé, olé y olé por la paisana de religión. Estoy leyendo el texto que me dejó y me tiene enganchada con el tema de las beguinas, qué bien escrito, qué interesante y cuánto tengo que aprender de esa mujer. Me está al pelo, por prejuzgar, por caer en lo que siempre critico, por gilipollas integral y por cerrada de mollera. Aprende, Marcelilla, aprende y, a partir de hoy, compensa a esa mujer por el desprecio con que la trataste, aunque ella nunca fuera consciente.
Lección aprendida y bien aprendida, gracias profe de religión.















































